
Aquella noche leyó la inquietante historia del
ladrón de inspiración.Sintió un escalofrío al comprender que él mismo había sido víctima de sus estratagemas. Desde hacía días, meses, ¡años! había caído en las redes de esos magnéticos ojos que cada mañana, temprano, le esperaban anhelantes en la décima fila del autobús. Nunca faltaban a su cita diaria.
Supo que, con la ausencia del ladrón, nunca recuperaría su talento perdido. Le resultó molesto.
De repente, se angustió: ¿talento perdido? ¿Qué talento podían haberle arrebatado? No era capaz de adivinar qué buscaba el ladrón en sus ojos. Leyendo su historia, estaba claro que todas sus víctimas tenían un don, una habilidad que los hacía especiales. Él no veía nada especial en su persona.
Llegó a una desoladora conclusión: tal vez, cada mañana, el ladrón sólo buscaba un refugio vacío donde descansar durante la media hora que duraba el trayecto.
El ladrón necesitaba un sucesor, y nadie mejor que él conocía sus astutas artimañas. Durmió plácidamente sabiendo que, por fin, a la mañana siguiente podría comenzar a llenar su (hasta ahora) pobre
moleskine.